Durante bastante tiempo pensé que incluir citas de grandes pensadores a la hora de hablar sobre algo era un recurso ciertamente barato de vanagloria, de erudición un tanto petulante. Pero la práctica me ha demostrado que estas citas no sólo son efectivas a la hora de aclarar un punto, sino que, además, me ayudan a pensar. Por eso, para empezar mi reflexión cito a Deleuze, quien dice: 'Lo que importa en una línea es siempre el medio, no el principio ni el final. Uno está siempre en medio de un camino, en medio de algo'. Esto resume de manera bastante concisa lo que siento después de este primer trabajo. Creo que desde el momento en que se me designó el espacio museo, todo fue fundamentalmente proceso, y que, de hecho, el proceso fue fundamental.
El Museo del Agua es una joya de la ciudad, no tanto por lo que exhibe como colección, sino por la fisonomía de su arquitectura y por el mundo que esconde su fachada suntuosa y eminente. Lo elegí por dos razones: quería mostrar un museo no tradicional, pero que tuviera sus tintes célebres, y además porque desde que me mudé a esta ciudad, el Palacio de Aguas Sanitarias es uno de mis edificios favoritos.
Uno de los sustantivos que elegí a la hora de describirlo fue industria. Dos adjetivos, lúgubre, inmenso. El interior no se corresponde en nada al interior, aspecto buscado (y muy bien logrado) por los que ordenaron su emplazamiento a finales del siglo XIX. Su historia está plagada de oscuridades, empezando por la razón de su construcción: las epidemias infectocontagiosas propagadas a través del agua durante la segunda mitad del siglo se cobraron la vida de una porción gigantesca de la población. Se hizo entonces necesario un sistema de aguas corrientes que garantizara la seguridad higiénica a los habitantes de la ciudad. El partido gobernante de aquel momento (liderado por la controvertida figura de J. A. Roca), gestionó la instalación del sistema, cuyo núcleo serían unos inmensos tanques ubicados en la zona norte de la ciudad. Creo que sólo un partido como el PAN podía permitirse tal derroche y contradicción a la hora de establecer el tipo de edificio que los contendría, que fue diseñado por un grupo de ingenieros y arquitectos escandinavos. El objetivo fue claro: ocultar lo antiestético del sistema y al mismo tiempo dotar a la ciudad de un nuevo ícono hijo del progreso que tanto proclamaban.
Me asombra ver cómo la búsqueda conceptual de lo que me había generado una ruptura en la primera visita hizo que me moviera por tantos caminos diferentes. Sobre todo porque no conocía prácticamente nada de la historia, y sin embargo, las primeras sensaciones e intuiciones fueron siendo paulatinamente ratificadas racionalmente a través de una investigación crítica. Al principio, como si fuera Ts'ui Pên, sentí que todas las perspectivas, todas las alternativas eran igual de potentes, y fue abrumador. Las teóricas ayudaron a expandir el ángulo de visión, los talleres a focalizarlo.
De repente estuvo ahí, ante mis ojos. Mis impresiones originales (sobre todo desde lo sensorial y emocional) plasmadas en papel fotográfico. Un espacio que había dejado de ser un simple museo, para convertirse en un subespacio casi vectorial, inundado por esa oscuridad proyectada por las formas, las sombras, la historia y todo mezclado dentro de mi determinante aunque irrenunciable imaginario colectivo. Los engranajes, el hierro, me remitieron a Tiempos Modernos, de Chaplin, o a Metrópolis del fabuloso Fritz Lang, con todo lo que sus mensajes significan a la hora de analizar el movimiento político y cultural que engendró al Palacio.
Para terminar vuelvo al principio: todo es el proceso, esa puesta en funcionamiento de los mecanismos subjetivos de apropiación y sobre todo de recorte. Si hay algo para resaltar, desde la experiencia personal, es que los elementos, líneas y luminiscencia que componen el espacio no son ciertamente ad hoc, pero sí creo que lo son una vez que han sido eternizados dentro de la representación.
Santiago

El Museo del Agua es una joya de la ciudad, no tanto por lo que exhibe como colección, sino por la fisonomía de su arquitectura y por el mundo que esconde su fachada suntuosa y eminente. Lo elegí por dos razones: quería mostrar un museo no tradicional, pero que tuviera sus tintes célebres, y además porque desde que me mudé a esta ciudad, el Palacio de Aguas Sanitarias es uno de mis edificios favoritos.
Uno de los sustantivos que elegí a la hora de describirlo fue industria. Dos adjetivos, lúgubre, inmenso. El interior no se corresponde en nada al interior, aspecto buscado (y muy bien logrado) por los que ordenaron su emplazamiento a finales del siglo XIX. Su historia está plagada de oscuridades, empezando por la razón de su construcción: las epidemias infectocontagiosas propagadas a través del agua durante la segunda mitad del siglo se cobraron la vida de una porción gigantesca de la población. Se hizo entonces necesario un sistema de aguas corrientes que garantizara la seguridad higiénica a los habitantes de la ciudad. El partido gobernante de aquel momento (liderado por la controvertida figura de J. A. Roca), gestionó la instalación del sistema, cuyo núcleo serían unos inmensos tanques ubicados en la zona norte de la ciudad. Creo que sólo un partido como el PAN podía permitirse tal derroche y contradicción a la hora de establecer el tipo de edificio que los contendría, que fue diseñado por un grupo de ingenieros y arquitectos escandinavos. El objetivo fue claro: ocultar lo antiestético del sistema y al mismo tiempo dotar a la ciudad de un nuevo ícono hijo del progreso que tanto proclamaban.
Me asombra ver cómo la búsqueda conceptual de lo que me había generado una ruptura en la primera visita hizo que me moviera por tantos caminos diferentes. Sobre todo porque no conocía prácticamente nada de la historia, y sin embargo, las primeras sensaciones e intuiciones fueron siendo paulatinamente ratificadas racionalmente a través de una investigación crítica. Al principio, como si fuera Ts'ui Pên, sentí que todas las perspectivas, todas las alternativas eran igual de potentes, y fue abrumador. Las teóricas ayudaron a expandir el ángulo de visión, los talleres a focalizarlo.
De repente estuvo ahí, ante mis ojos. Mis impresiones originales (sobre todo desde lo sensorial y emocional) plasmadas en papel fotográfico. Un espacio que había dejado de ser un simple museo, para convertirse en un subespacio casi vectorial, inundado por esa oscuridad proyectada por las formas, las sombras, la historia y todo mezclado dentro de mi determinante aunque irrenunciable imaginario colectivo. Los engranajes, el hierro, me remitieron a Tiempos Modernos, de Chaplin, o a Metrópolis del fabuloso Fritz Lang, con todo lo que sus mensajes significan a la hora de analizar el movimiento político y cultural que engendró al Palacio.
Para terminar vuelvo al principio: todo es el proceso, esa puesta en funcionamiento de los mecanismos subjetivos de apropiación y sobre todo de recorte. Si hay algo para resaltar, desde la experiencia personal, es que los elementos, líneas y luminiscencia que componen el espacio no son ciertamente ad hoc, pero sí creo que lo son una vez que han sido eternizados dentro de la representación.
Santiago


Creo que con las fotos que elegiste se puede percibir como el proceso del que hablas, permitió que dejemos de lado esa fachada petulante y derrochadora, y veamos mas adentro, la esencia, los engranajes silencios ocultos detrás de las paredes, la obscuridad dentro de lo que se presenta como luminoso,y así también remitir a las contradicciones que este espacio implica como reflejo de la sociedad.
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